Los gases de la atmósfera dispersan las longitudes de onda de luz visible en mayor cantidad que el resto de las longitudes de onda, proporcionando un halo azulado a los límites de la Tierra. En altitudes cada vez mayores, la atmósfera se vuelve tan delgada, que esencialmente deja de existir.
Los gases de invernadero no son los únicos que influyen en el equilibrio energético terrestre. El porcentaje de luz solar reflejada por la Tierra (llamado también albedo) es un factor clave, ya que la luz reflejada no calienta al planeta. Las nubes, como las que vemos en la fotografía superior, y también las capas de hielo de la superficie, tienen una enorme influencia sobre la capacidad de reflejo de energía solar del planeta. Cuando uno de estos factores es alterado, el albedo de la Tierra puede modificarse.
Desde hace una década se comenzaron a efectuar estudios satelitales de la cima de la atmósfera para detectar señales de la cantidad de energía absorbida y reflejada por la Tierra. Como la nieve y el hielo son tan reflectivos, los científicos suponían que el derretimiento de los casquetes polares podría acelerar el calentamiento global al reducir el albedo de nuestro planeta. El investigador de la atmósfera Seiji Kato, junto a un equipo de colaboradores de la NASA y el NOAA compararon los registros obtenidos entre los años 2000 y 2004, llegando a una conclusión sorprendente: Mientras la nieve y el hielo polares se derretían, el albedo de la Tierra no tuvo ningún cambio.
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